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Sindicalistas diseñan fórmulas de ajuste de convenios colectivos ante pautas oficiales

El Poder Ejecutivo lanzó su táctica aspiracional orientado a que los salarios se pacten en torno del 12% con un tope en el 15% (estimado de inflación anual 2018) distribuido en tres cuotas a partir del comienzo del segundo trimestre, eventualmente, con cláusula gatillo que permita ajustar a comienzos de 2019 por el IPC del INDEC.

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Jueves 11 de enero de 2018
En alguna medida hemos vuelto a la indexación que opera como alerta y amenaza de males mayores siempre ligados a la inflación, nuestro flagelo endémico. No se renovó la Ley de Emergencia Económica que restringía las actualizaciones.

Ya hay algunos movimientos: la Municipalidad de Neuquén acaba de cerrar su acuerdo salarial en tres cuotas por un total del 16% y sin cláusula gatillo. En segundo término, ven con buenos ojos la reformulación de adicionales que abandonen viejos paradigmas, y que se aborden objetivos de productividad. En alguna medida, la prolongación de las metas obligan a alinear y adecuar los parámetros de los incrementos salariales.

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Avance de las empresas sometidas al caos por los conflictos sindicales

Avance de las empresas sometidas al caos por los conflictos sindicales

 

Avance de las empresas sometidas al caos por los conflictos sindicales

El caos no parece tener sentido en la relación de conflicto que se plantea en forma habitual entre los sindicatos y las empresas. Sin embargo, el proceso de segmentación que se experimenta en estos momentos dentro de la pirámide sindical está provocando también la separación de los niveles de conflicto, a cargo de los distintos rangos de la representación de los trabajadores.

La productividad de nuestro país es una de las más bajas de la región y del mundo, y el costo laboral ha llegado a ser una de las más altas del mercado global.

En estos factores operan con componentes fundamentales los mayores costos y la menor productividad originada en el accionar y en las cargas impuestas por los gremios.

Las causas de la división intra-sindical e inter-sindical proviene de muy diversas causas, aún cuando la más importante sin dudas proviene de la atomización y de la descomposición del partido justicialista, del cual solo quedan despojos aislados. El catalizador general es sin dudas la crisis económica con la estanflación de los últimos cinco años, y dentro de ella la puja salarial insatisfactoria.

En alguna medida, el gobierno K trazó el epitafio de la unidad del movimiento obrero como el trípode que integraba el partido fundado por Perón. Es más, la pérdida de identidad del peronismo tiene como raíz fundamental la ausencia de un líder carismático que unifique a todas las corrientes, y en ese contexto, la CGT unificada ha sido el mejor ejemplo de la búsqueda de la unidad, para contribuir dentro del partido a que las distintas corrientes busquen un nuevo sendero de unidad.

De hecho, si las corrientes internas siguen atomizándose y si la CGT mantiene su frágil unidad puede emerger del movimiento obrero un candidato a presidente en las elecciones del 2019, como el primer Lula argentino.

Cambiemos y el PRO no podrían existir si el justicialismo no hubiera acelerado su proceso de crisis al punto de iniciar un proceso de autodestrucción, basado en el egoísmo que ofrecen todos sus candidatos, y a la necesidad de desprenderse del pasado reciente que sencillamente fue para ellos catastrófico.

Mientras los gremios peronistas luego justicialistas preservaron la unidad frente a cada desafío histórico, por más de sesenta años fueron un frente eficaz contra los grupos de extrema izquierda.

Ahora todo está en un proceso de cambio acelerado, que comienza a dejar sin timón a las bases, que desde hace tiempo cuestionan a los dirigentes, y se refugian en la representación directa de los delegados.

El primer grupo que se escindió, y que fue aprovechado por la izquierda fue a nivel de los delegados de gremios cuyos dirigentes subestimaron a las minorías y a su poder reivindicativo. Hoy, muchas comisiones internas de delegados de las empresas líderes de diversos sectores tienen copada la representación por minorías, o presentan una minoría disidente muy combativa.

El segundo grupo lo tienen los gremios ligados a la CTA, no solo ATE y Ctera, sino también otros gremios minoritarios, que llegaron a la Comisión Directiva, y con ello, pueden arrastrar a toda su representación al caos.

El tercer grupo lo tienen partidos de izquierda como el Partido Obrero, el MST, el Nuevo MAS, la CCC, con el apoyo del Partido Comunista o con el Partido Comunista Revolucionario, que dan apoyo y se solidarizan con conflictos terminales y emblemáticos, para tener prensa.

El cuarto grupo lo integran las disidencias intra-sindicales e inter-sindicales que generan corrientes internas, de modo que existen gremios que se subdividen, federaciones que pierden su integración por la renuncia a la afiliación de los sindicatos que la integran, generalmente originados en el manejo de los fondos gremiales.

En rigor, el nivel de conflicto ha generado tal segmentación de la representatividad, que la única solución posible es la integración de los sectores en pugna, previo análisis de los grupos que la integran, para que converjan en acuerdos que cuenten con cierta sustentabilidad. Para reforzarlos habrá que contar con garantes que representen a cada grupo, y la neutralización de los grupos que mantienen la rebeldía a cualquier precio y bajo cualquier circunstancia.

El Ministerio de Trabajo nacional y sus pares provinciales tendrán un rol fundamental para evitar que el caos se apropie de las empresas, que aún cuando parezca una fórmula suicida, porque trata de terminar con la fuente de trabajo, en rigor, está tratando de obligar a las empresas a compartir el poder de dirección y de organización. En Europa se denominó a este proceso ‘contractualización de los poderes del empleador’ y los llevó a una verdadera decadencia de la que aún no han podido salir.

El principio del fin lo tenemos cuando la empresa para decisiones netamente empresarias, deba consultar al gremio, a los delegados o al partido que los representa, antes de adoptar una decisión. Verdaderamente insólito pero cierto y es el proceso que se avecina.

Reformular la estrategia de los conflictos para salir del caos

Reformular la estrategia de los conflictos para salir del caos

 

Reformular la estrategia de los conflictos para salir del caos

La CGT no puede retroceder una vez que fijó su paro general -sin movilización- para el próximo 6 de abril en el que seguramente tendrá una importante adhesión, no solo porque la comunidad laboral está inquieta y preocupada sino, y sobre todo, porque habrá total acatamiento de la CAT que agrupa a todos los gremios del transporte.

Seguramente una vez realizado el paro general no se habrá logrado ningún cambio, pero en alguna medida la huelga general de solidaridad interpreta la protesta y el clima de protesta, la angustia, y el desasosiego en una economía que no comienza a crecer en forma clara en la observación de los que trabajan en relación de dependencia, que son los que tienen poco resto para resistir como lo pide el Poder Ejecutivo.

Las estrategias de ‘dividir para reinar’, conquistar a unos en desmedro de otros, y la búsqueda de traidores que rompan el frente, es tardía, sobre todo cuando en este momento se ha perdido completamente la iniciativa. El ejemplo lo brinda UTA de Roberto Fernández que recibió la noticia del retiro de la personería a los metrodelegados, y sin embargo, hoy es uno de los impulsores más firmes del paro general del 6 de abril y de la adhesión de la CAT.

El Gobierno nacional perdió una oportunidad única para negociar y avanzar en una serie de ítems que inexorablemente se darán en los próximos meses, si se hubiere articulado la negociación de cúpula con otras herramientas que son liminares y arquetipos al momento de fijar las tendencias.

En ese plano se cometieron errores graves por falta de prevención, y por efecto de precedentes que violan reglas elementales en materia de negociación colectiva. En rigor, el mundo sindical está ligado a todos los planos del gobierno, y en muchos de ellos, no son lo que se puede llamar aliados o amigos confiables.

El mayor agravio no está ligado a la promesa de no despedir que según los dirigentes sindicales no fue cumplida, sino y fundamentalmente en ‘no respetar los códigos’.

Para los que no dominan el lenguaje del mundo sindical, los códigos son reglas no escritas que imponen cumplir con las promesas y en especial, no violar acuerdos que dejen al sector sindical ‘mal parado’ frente a sus propios representados.

En rigor, sigue siendo implacable la frase atribuida a Perón de que los conflictos deben tener «el dirigente a la cabeza, o la cabeza del dirigente».

Lo más grave de este fracaso en la negociación es que teniendo en cuenta los componentes del complejo enfrentamiento entre el Gobierno de la Provincia de Buenos Aires y los sindicatos de la educación, se contaban con gran parte de los elementos que hubieran generado una solución.

También la CGT perdió la confianza en los interlocutores de la negociación que, en rigor, debieron haber generado un clima de sinceridad y de proximidad para crear las condiciones para debatir muchos de los temas tratados.

En los hechos no lograron esa proximidad, demostraron falta de autoridad y de atribuciones para resolver los temas per se, y a la sazón, no cumplieron con promesas básicas, una vez que regresaban con la respuesta sobre temas debatidos en el seno del gobierno. Los interlocutores nunca entendieron las virtudes de la mesa chica, y la necesidad de prevenir con un Plan B que a menudo es necesario para ganar tiempo, y con ello, lograr puntos de conexión y de encuentro.

Hoy, el capital más importante de la CGT vuelve a ser el mayor temor centrado en la pérdida del empleo que actualmente alcanza a todos los niveles, y no ayuda el proceso de recambio generacional que se está produciendo en muchas organizaciones, y en especial, el desafío de mejorar la productividad -que de por sí implica algún ajuste-combinado con la aplicación de las nuevas tecnologías.

Una vez superado el paro general vuelven las negociaciones a cero, y con ello, resulta imprescindible reabrir el contacto con un voto de confianza que la CGT está esperando.

JULIÁN DE DIEGO

JULIÁN DE DIEGOProfesor de Derecho del Trabajo y Director del Posgrado UCA